UN MUNDO EXTRAÑO

 

Cuando volví a conversar con Giuseppe, después de varios años, lo encontré bastante abatido. Lo conocí cuando tenía auto, aquel era el médico de mi automóvil y como en la actualidad no tengo coche, no necesitaba de sus servicios. De aquella relación resurgió cierta amistad conservada hasta el día de hoy. Durante nuestras pláticas estuve al tanto de su hijo Antonino, Nino, como él cariñosamente lo llamaba. Supe de él cuando tenía como catorce años, me sorprendí por lo morigerado del adolescente, algo extraño en lo jóvenes de la época. Refería el mecánico la normal  espera para que su vástago se encargara del negocio después de su retiro.  Además, dentro de poco viajaría a Sicilia para concertar la boda con la futura esposa y la afortunada madre de los hijos de Nino. Eso me lo contó hacía varios años. En otra oportunidad me refirió de la decepción,  Antonino no le interesó el trabajo de mecánico. Giuseppe, un hombre autoritario, quien durante la jornada despedía siempre olor a gasolina y aceite, se disgustaba porque su primogénito se le pasaba en el negocio de la madre, una peluquería, exhalando olores de lociones, tintes y perfumes y no tenía interés por el taller mecánico. La rabia de del mecánico rebasó cuando Nino le confirmó su deseo de ser estilista, negándose  a que de su cuerpo emanara olores nauseabundos de los galenos de automóviles. Fue entonces cuando el padre advirtió los modales refinados de su hijo, de sus amistades masculinas y de sus aficiones algo raras para su padre. El muchacho despreciaba el fútbol, algo inaudito para un italiano, aborrecía el béisbol y nunca se colocaba frente al televisor a disfrutar de los campeonatos de fórmula uno. El muchacho, en  su dormitorio, veía con atención las óperas trasmitidas por la televisión italiana y de vez en cuando, acudía al teatro para ver las funciones ballet  y música clásica. Para el colmo de los males, tenía un amigo  poeta, otro pintor y uno escritor. Finalmente el rudo mecánico se dio cuenta de lo que sus ojos se negaban a mirar y reconoció, a duras penas y por declaraciones de su propio hijo, que éste era gay. El mundo se le derrumbó a Giuseppe, sus visiones futuras se hundieron, todo lo edificado en muchos años se fue al suelo. Se negaba a aceptar a su hijo con un peine, un cepillo y un pote de laca rociando la cabellera de una dama. No tuvo más remedio que expulsar a su hijo de la casa, en oposición de su madre resignada ante lo imposible de cambiar. Todo esto  lo contaba Giuseppe, desilusionado, en el transcurso de los años, mientras veía con horror como su hijo convertirse en un famoso estilista, rodeado de un mundo detestado por el mecánico.

    Trascurrieron como diez años desde la última vez, hasta encontrarlo en un bar en el estado referido anteriormente. Fue cuando me contó la infausta noticia de la muerte de su hijo víctima del SIDA, luego de un penoso sufrimiento. Finalmente  me dio los detalles.

   – Me contó mi mujer que Nino murió después de muchos meses de agonía. No quise  ir a la clínica ni al entierro, al saber de su mariconería no acepté a ese muchacho como mi hijo. Dios se vengó de mí trayendo al mundo a un maricón. Nunca entendí que Nino no tuvo culpa de nada, estaba en su genética, o en resquicio de su cerebro, o en su alma, o en alguna parte de su ser, contra la cual no pudo luchar él y mucho menos yo. Eso lo comprendí cuando dos individuos me obligaron a ir a un sitio, casi secuestrado, para mirar un evento desconocido para mí. Me condujeron a un bar gay donde se  consumaba un homenaje póstumo a Nino. Sus amigos estaban en el sitio para conmemorar la marcha de este mundo del amigo y correligionario.  De momento, me negué a mirar y escuchar, pero cuando atendí el panegírico comprendí el aprecio de estos seres por Nino. Conocí la pareja de  mi hijo, quien compartía vida marital. El pobre estaba acabado, lloraba amargamente la pérdida del ser amado, resignado a una muerte segura dada la contagiosa enfermedad de su pareja. Las caras de tristeza de cada uno de los presentes evidenciaba el aprecio de estos seres por el finado. Después de la parte triste del evento, comenzó la música. Debían de recordar al camarada con alegría y no con abatimiento. Me sorprendí al observar a esos hombres bailando y besándose entre sí, sin vergüenza y sin recato alguno. Daban rienda suelta a sus emociones tal como las sentían. El alcohol y algunas drogas le procuraban a estos extraños una peregrina energía para mantenerlos de pie durante toda la noche. Vislumbré que estos extraños amaban, odiaban, sufrían y se alegraban tal como todos los habitantes del planeta. Esa noche comprendí mi idiotez, me perdí de dar amor y recibir afecto de mi hijo, simplemente por desconocer los mecanismos de la naturaleza para diferenciar a los humanos; intuí la existencia de un tercer sexo y en esos mecanismos genéticos nadie tiene injerencia.

    Lo profuso del discurso me dio entender la necesidad de Giuseppe de deslastrarse de un sentimiento de culpa que lo agobiaba. Era clara, la visita a ese lugar le dio pie a comprender la existencia de mundos diferentes y por ser así nosotros, los que nos juzgamos normales, lo consideramos extraños. Abandoné el bar y dejé al mecánico más reconfortado.

 

 

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