Extraño esparcimiento (cuento)
EXTRAÑO ESPARCIMIENTO
Durante unas vacaciones en Vigo llamé por teléfono para saludar a Ekhiñe Aldaiturriaga, un amigo vasco, quien después de la cortesía de rigor me convidó a Pamplona, la capital de Navarra, para disfrutar de la Feria Taurina de los Sanfermines, una tradición de muchos años. A este asueto acuden turistas nacionales y extranjeros para solazarse en estas reconocidas festividades. Como estaba de ocio acepté la invitación y tomé el tren hacia la ciudad vasca. El día de la celebración observé a Ekhiñe extrañamente trajeado de blanco, con un pañuelo rojo amarrado alrededor de cuello. Asistiría al sitio del encierro. Me buscó un lugar apropiado en un balcón de la zona desde donde pudiera atisbar el espectáculo. No tenía idea de los sucesos en cierne. Ubicado en un lugar estratégico, permanecía en la espera de la procesión de san Fermín. Supuse ver unos encapuchados cargando el tabernáculo donde estaría colocado el santo, como suelen hacerlo las cofradías en esta parte del mundo y detrás, un grupo de intérpretes tocando música sacra. Cuál no sería mi sorpresa que, cuando se inició la diversión aparecieron unos enormes toros como de diez toneladas, unos verdaderos miuras, persiguiendo a unos hombres vestidos de blanco con un pañuelo rojo corriendo atropelladamente delante de aquellos. Las bestias embestían contra los nombrados quienes hostigaban a los cuadrúpedos con unos cilindros de periódicos. Este desafío a la muerte lo consideré una verdadera locura o quizás, una tremenda estupidez. No entendía como alguien se prestaba a voluntad propia para que unos toros tuvieran la oportunidad de cornearlos con sus enormes y afilados cachos. Distinguí a Ekhiñe entre la multitud, corría desaforadamente delante de un toro y se volteaba para molestar al animal dándole golpes en la cara con el cilindro. Lamentablemente, en uno de esos momentos desdichados, mi amigo resbaló, de forma inopinada cayó en el piso y la bestia, que lo tenía medido por el fastidio propinado, no lo perdonó. Una vez en el suelo el frustrado torero la bestia arremetió contra su humanidad, fustigándolo con sus astas y pisoteándolos con las ciclópeas patas. Era la normal venganza contra el fastidioso, quien desde hacía rato tenía irritado al consorte de la vaca. Me levanté del asiento pensando en un destino incierto, un instante aciago vivido en ese borrascoso pasatiempo. En ese momento temí por la vida del desventurado. Por fortuna, después de recibir los embates de la furia de la bestia, un desquite merecido, otros participantes lograron apartar a mi magullado amigo de aquella inmensa animalidad. Llevaron a Ekhiñe para el hospital y allí acudí para conocer de su salud. Fue su día de suerte, aparte de unos cardenales y una corneada en el muslo, todos los órganos de ese cuerpo amoratado estaban en su lugar. Cuando pude hablar con el arrojado, me miró sonreído y exclamó:
–Joder…estos Sanfermines son cojonudos, todo estuvo de órdago.
Escondí toda muestra de hilaridad y sólo se me ocurrió pensar <<extraña manera de divertirse>>.
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