Democracias enfermas

                                            DEMOCRACIAS  ENFERMAS

Decepcionado de los sanfermines, de los locos cabezotas y de los saciados  de butifarras preparé mis bártulos hacia Grecia. Deseaba visitar la cuna de Aristóteles y Platón, los grandes pensadores griegos. Una vez establecido en el hotel y después de visitar varios lugares opté por  costumbre, a la hora del crepúsculo,  descansar en la plaza Syntagma.  Este hermoso sitio de solaz está ubicado en el centro de Atenas donde se encuentra el edificio del parlamento y una bella fuente relajante. Por lo general, para un turista todos los días transcurre entre las visitas a lugares históricos,  recorridos en museos y comidas  en restaurantes acogedores. Pero cierto día  para regocijo mío, la cotidianidad experimentó un especial giro. Cuando regresé al hotel, rayano a la plaza, pasé por el bar para tomarme una copa de vino antes de acostarme. Al lado mío estaba un señor corroído por el tiempo, extraños personajes henchidos de “mundología”, es decir, quienes durante  su existencia han vivido experiencias extraordinarias y siempre guardan episodios de interés para contar.  No me equivoqué. Al desconocido se le notaban los estragos de los fluidos etílicos en su humanidad, pero además de la característica señalada anteriormente, en sus facciones descubrí cierta decepción hendiéndole el rostro. Alguna desilusión le horadaba el sentimiento y por esto  deduje la necesidad de este  hombre de un impasible escucha. Por fortuna, estaba próximo a su lado, en caso contrario me hubiese perdido de una interesante historia. El desalentado, según su relato, era  ex agente del Mossad (servicio secreto israelí), en la actualidad retirado de las actividades de espionaje; por tal razón se negó a darme su nombre. Era  judío turco, felizmente hablaba perfectamente español, antiguamente trabajada a la orden de la policía secreta de Israel; cuando me comunicó  la causa de su separación de la agencia de espionaje comprendí lo espeluznante de ese trabajo, creí que tales episodios ocurrían solamente en las películas. El decepcionado deseaba conversar de un tópico en especial, ansiaba deslastrarse de la miseria humana.  

    Según refirió, los servicios de inteligencia de Israel conocieron de un plan del gobierno de Suráfrica, en tiempos del aparheid, para la fabricación de armas químicas, en especial armas de pigmentación que sólo atacaría a los hombres, mujeres y niños de color oscuro. Es decir un arma de destrucción masiva. Para eso bastaba con inventar virus y bacterias que alteraran el ADN, una vez que estuvieran dentro de las células de sus portadores vivos, pero únicamente afectaría los genes de los negros. Por fortuna llegó Nelson Mandela al poder y el gobierno abandonó tal propósito. Dos científicos, de los mentores de este proyecto, fueron contratados por Israel para utilizarlo contra los palestinos. Nada que envidiarle a los sórdidos planes concebidos por la mente ominosa de los Nazis y en sus siniestros experimentos. Por fortuna  los miembros del parlamento israelí no permitieron tal barbaridad. Bajo los efectos etílicos y una integridad arrastrándose por el suelo, el desconocido me contó, que pasado el tiempo se enteró de la existencia de laboratorios  de la muerte funcionando en Israel en sitios aislados, secretos y escondidos de las miradas curiosas de los demás mortales.  En estos  laboratorios trabajan degenerados bioquímicos y genetistas inventando y fabricando sustancias, que vertidas sobre comidas, pueden producir parálisis y  fallecimiento, asimismo, la más virulenta encefalomielitis equina. Entre uno de los productos elaborados en esos recintos  está el ántrax, agentes nerviosos asfixiantes, sanguíneos y cutáneos. Además, el menú incluye: el tabum, virtualmente inodoro, e invisible cuando se esparce en aerosol o en forma de vapor; el soman el último gas descubierto por los nazis, también invisible en forma de vapor, clorino fosgeno y difosgeno, con olor a pasto recién cortado, cuya fabricación se basa en técnicas utilizadas en la Gran Guerra.  En verdad, la carta de productos mortales especificada por el antiguo agente del Mossad daba asco. Algunas de esas sustancias preparadas a base de cianuro seguramente afectaría la sangre de todo ser viviente que camine y vuele sobre el planeta. Era impensable para mí que algunos científicos prestaran su inteligencia y  conocimientos para acabar con sus congéneres elaborando productos mortíferos. Siempre recordaré las últimas palabras del beodo:

    – No pude resistir tanta ignominia contra el pueblo palestino y contra la humanidad. Jehová, nuestro Dios, el único Dios,  no nos creó para matarnos los uno a los otros, sino para amarnos los unos a los otros. Por eso me retiré del Mossad, pero sobre mi espalda soporto el dolor de muchas viudas y huérfanos.

    El hombre no se despidió, abandonó el bar a paso cansino, sobrellevando una inveterada deuda moral, la de un pueblo que de víctima se convirtió, de manera, sorprendente y arrogante, en victimario. Fue entonces cuando recordé las fumigaciones sobre los territorios sembrados de coca en Colombia responsables de muertes y enfermedades por intoxicación, convirtiendo productivas tierras en verdaderos eriales, donde ni las cucarachas tendrán posibilidad de vida. Y los bombardeos con sus respectivos daños colaterales arrasando pueblos y acabando con inocentes, ignorantes de  los funestos pactos entre gobernantes. Abandoné el bar y me dirigí a mi habitación pensando en la existencia de Democracias enfermas  y unos gobernantes demócratas sordos a los gritos de dolor del prójimo. Me sorprendí al pensar que siempre habrá un votante que, por desconocimiento o ignorancia, sufragará ingenuamente por la canalla. No cabe duda, los locos cabezotas de Pamplona tienen más cerebro que esos políticos insensibles.   

 

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