La tierra no tiene dueño
La tierra no tiene dueño
Una de las grandes luchas de los seres humanos son las que se han suscitado por la tenencia o propiedad de la tierra. Tales combates tienen varias razones: es en la tierra donde se cultivan los alimentos, es en la tierra donde pasta el ganado, es decir, la tierra es la fuente donde el los humanos posibilitan la subsistencia. Pero no solo el terreno que tanto anhelamos es el medio donde se cultiva y se cría, es también donde la gente construye la casa para vivir en armonía con la familia, de allí la importancia de la adquisición de una propiedad para que la parentela tenga la posibilidad de subsistir.
Pero no solo la tierra sirve para que la familia logre sobrevivir, también puede permitirse obtener excedentes de producción y sobrantes de la cría de ganado que le ayude a desarrollar actividades comerciales. Me refiero al trueque de frutas y verduras también, de animales de corral en las viejas civilizaciones, o la venta de comestibles, una vez que se inventó el dinero. Tal actividad condujo a convertir la tierra, que en un principio era una fuente de subsistencia, en una manera de hacer o acumular riquezas, trasformado los terrenos adquiridos en una parte del patrimonio de la familia. Aquí comienzan los problemas.
Es indiscutible que hace siglos nadie era dueño de la tierra, estaba allí y quien la trabajaba tenía derecho para lograr el sustento de la familia. Con la llegada de la Edad Media, surge la clase llamada latifundistas, quienes convirtieron grandes extensiones de terrenos en latifundio, es decir, una explotación agraria de grandes dimensiones. En términos de propiedad, se puede establecer que es una gran propiedad agraria, donde se cultiva y se cría animales de pasto. Estos terrenos, que en un principio eran pequeñas fincas, se convirtieron en inmensas haciendas de miles hectáreas. Evidentemente, si en la antigüedad no existía la propiedad privada, tales terrenos fueron despojados a la fuerza por quienes ostentaban el poder. Entre los grandes latifundistas de la historia se encuentra la Iglesia. Esta se apoderó (robó) inmensas áreas de terrenos para convertirlas en latifundios administrados por los arzobispos, trabajados por campesinos y frailes pobres en calidad de siervos. Luego surgieron otros, los aristócratas, quienes al igual que la iglesia se asignaron inmensas extensiones de terrenos para incluirlos dentro de sus ducados, marquesados, principados, convirtiéndose, por la fuerza, en nobles latifundistas o terratenientes. No cabe duda, que después que se robaron la tierra, con el poder en la mano, los ejércitos y el apoyo de la Iglesia comenzaron a legislar y crear títulos reales sobre las tierras robadas. Inventaron leyes para protegerse.
Esta es la triste y lúgubre historia de la “propiedad privada” de grandes extensiones de terrenos, algunos productivos y otros improductivos que pasaron a ser parte del patrimonio de las estirpes de la nobleza y de la Iglesia. De allí viene aquel aforismo que la “propiedad privada es sagrada”. Es decir que la propiedad robada esta ungida por la bendición de Dios, a pesar que le fue despojada a los campesinos para ser convertidos en siervos. Fue así que los ladrones de tierra amparados del poder monárquico, la iglesia y los ejércitos dictaron leyes para legalizar la tenencia de la tierra en en manos de los usureros y rapaces latifundistas.
Son muchas los combates conocidos entre campesinos y “propietarios” de la tierra. Una de las más destacada fue las pugnas entre los labradores y los terratenientes del sur de Italia, sobre todo en Sicilia. En esta región se produjo una lucha desigual entre los labradores y los latifundistas. Estos últimos, en alianza con la Iglesia y grupos mafiosos, atentaron contra la vida de los hombres y mujeres, quienes defendían el derecho a la tierra para vivir. Tales terrenos pertenecían a sus ancestros desde hacía siglos. Con el triunfo de fascismo, durante la tiranía de Mussolini el poder político redactó leyes para legalizar el robo de los terrenos, tal como sucedió durante el medioevo, donde las viejas familias campesinas tenían siglos trabajando,
Con la llegada al “Nuevo Mundo” de los conquistadores, amparados por los reino de Castilla y Aragón, comenzó el gran despojo de la tierra, mediante el llamado “Repartimiento y Encomienda”. Una manera legal de justificar el robo de terrenos que no tenían dueños, dado que en la tierra recién avasallada no existía la propiedad privada. Fue así, mediante el robo a los pueblos originarios, que Fernando e Isabel comenzaron a entregar “Títulos Reales” para consolidar el imperio. Tales documentos pasaron de generación a generación y hoy los descendientes de aquellos usurpadores muestran tales legajos para justificar la propiedad de la tierra. En esta repartición ilícita la gran beneficiaria, como siempre, fue la iglesia que se robó casi el 80 % de las mejores tierras cultivables en los países conquistados y colonizados con la cruz y el arcabuz.
De lo anterior quedan muchas cicatrices, una de estas es la del pueblo mapuche en Chile que de sus grietas todavía mana sangre. Estos mantienen una guerra desde hace siglos reclamando la tierra perteneciente a los pueblos originarios. Primero contra los españoles y hoy contra los descendientes de los suizos y alemanes, quienes adquirieron tales grandes extensiones de tierra cultivables. Estas fueron vendidas por el estado chileno, dejando a millones de mapuches sin tierra donde cultivar sus alimentos y criar sus animales. Al igual que en los tiempos de la conquista y la colonia, el estado chileno negoció una tierra que le pertenecía a los pueblos originarios. Nada diferente a lo que hizo la ONU que le entregó a Israel la tierra del pueblo palestino.
El problema de la propiedad de la tierra genera nuevas dificultades para las próximas generaciones. Ya no son los latifundistas, tampoco los terratenientes ahora, en la posmodernidad, los latifundistas son las mega corporaciones agrarias como la Bayer alemana, que compró a la Monsanto, que cultiva enormes extensiones con granos transgénicos, la Dupont estadounidenses, la Syngenta Suiza, las cuales están dedicadas en sembrar las semillas en terrenos que eran propiedad de los campesinos, tierras adquiridas a precio de saldo, consecuencia del monopolio ejercido por estas empresas. Estas corporaciones, resultado del domino en el mercado genera la quiebra de los labradores y criadores.
Sin embargo el problema es más grave, pasado el tiempo, estas corporaciones deteriorarán las tierras fértiles convirtiendo el planeta en un lugar desértico, con un agravante: las futuras generaciones de agricultores no van a encontrar tierras productivas para la siembra y las fértiles serán propiedad privada. Pareciera que el terreno que adquieren incluye el subsuelo, por lo que las aguas subterráneas y minerales que existan en tales predios serán de las corporaciones. Si los gobiernos capitalista siguen vendiendo los terrenos que no les pertenece, tal como hicieron con los dominios mapuches, con la tierra de los palestinos y las heredades de los pueblos originarios, al final, el planeta será propiedad privada, la Tierra no tendrá tierra para que los campesinos trabajen.
Como se ve el futuro del mundo no es nada halagüeño, el planeta en manos de las corporaciones, en pocos siglos se convertirá en un planeta yermo, en un enorme desierto. Quizás para la época futura los adinerados vivirán en Marte, o en la Luna o en un campamento situado en una estación espacial girando en el firmamento. Debo recordar la frase de Rudy Youngblood, un artista comanche estadounidense quien expresó: “Una gran civilización no es conquistada desde afuera hasta que se destruye ella misma desde adentro”. Lee que algo queda.
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