Brillo Mortal (cuento)

                                              BRILLO  MORTAL

Por lo general mis ocupaciones no me permiten momentos de ocio, pero en una oportunidad decidí disfrutar de un rato libre en un asiento del parque Francisco de Miranda. Me llevé un libro y durante cierto tiempo permanecí absorto en la lectura. Era una límpida mañana  con  fondo melódico,  escuchaba el seductor trinar de unos pájaros, además, me solazaba con el reconfortante verdor y del aroma de balsámicas flores proveniente de un abigarrado jardín. Después de un rato decidí hacer un alto en la  actividad para apreciar con detenimiento el panorama. Fue en ese intervalo cuando vi acercarse hacia mí un hombre de unos cuarenta y tantos años, sumamente alto y fuerte para ser de este país, de piel oscura y pelo ensortijado. La cara de desaliento y angustia, a pesar de sus duras facciones, demostraba la necesidad de comunicarse con alguien. De momento me entró pánico, dada su mirada perdida, a no ser que a este hombre le diera un ataque de locura, dado a su estado de ánimo. Se sentó a mi lado y sin saludar expresó con un marcado solecismo indicador de un gentilicio no nacional:

     – Señor ¿qué se puede hacer cuando se tiene tanto dolor acumulado en el corazón?

    Sabía, este extraño no esperaba una respuesta, sólo era una manera de desfogarse de algún tormento insondable. No le contesté, esperé que se serenara y buscara en el cerebro esos arcanos a punto de revelar. Una historia desgarradora de un mundo inclemente  afloró de aquel  abrumado.

    Dijo llamarse Kigeli Kabarebe, natural de Rwanda. Salió huyendo de su país a raíz del genocidio donde murieron millones de compatriotas, consecuencia de las guerras tribales propiciadas por los empresarios europeos deseosos de controlar el mercado de diamantes. Trabajaba en una mina y  huyó, luego tragarse dos gemas con lo cual pudo pagar su salida de África. Logró vender las piedras, llegó a Europa y por reconcomio contra aquellos responsables, en parte, de aquella matanza se negó a laborar en ese continente. Por tal razón se  fue a vivir un tiempo a Brasil donde gastó parte del dinero obtenido por la venta de los diamantes, además, deseaba olvidarse de todo aquello que le recordara la barbarie genocida. Finalmente, decidió venirse a este país donde fue acogido sin problema. Como no tenía dinero resolvió buscar empleo. Su único saber era el de la minería, además, de conducir camiones, por lo tanto  se decidió por el trabajo de chófer de una familia adinerada residente en una mansión del Este de la ciudad. Todo marchó a la perfección, hasta que una noche llevó a su empleadora para una recepción. Veamos lo expresado en sus palabras con cierta reticencia, quizás por la dificultad del idioma.

    – Cuando vi a mi patrona con un hermoso y costoso collar de diamantes, un solitario en el dedo y un par de aretes de oro exornado con esta piedra, me vino a mi mente tres millones de muertos africanos, consecuencia de las luchas por el control de mercado de esta gema. Nunca  imaginó esa dama que encima cargaba con el espectro de una gran  parte de las víctimas de un vil comercio. Incontinente abandoné el trabajo, no podía soportar tal ignominia.    

    El hombre no se despidió y se alejó tal como llegó. Evidentemente, el afligido sólo necesitaba evacuar ese pesar que le indigestaba el entendimiento y en mi sembró una gran duda. Es verdaderamente inaudita la muerte de millones de seres, sólo para que una dama de la sociedad fulgure entre sus amistades con el brillo mortal de una sociedad que se extingue, ante las miradas indiferentes de los hombres “civilizados”.    

 

 

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