El milagro de la virgen
EL MILAGRO DE LA VIRGEN
Como disponía de más tiempo podía prolongar mis vacaciones para dar una vuelta por otra ciudad. Me decidí por Viena, una ciudad muy hermosa y señorial donde permanecen palmarios vestigios del imperio Astro-húngaro. La elegancia de la ciudad muestra a los visitantes la vida ostentosa llevada por aquellos nobles. Durante mi descanso, antes de ir hacia el hotel decidí tomarme un vino del Mosela en unos de los abundantes y distinguidos café. El toque dulce de la bebida preferida del dios Baco le dio un sabor agradable a mi paladar. Enervado de tanto caminar y quizás por los efectos etílicos, no advertí la presencia de un personaje próximo a mi butaca. Siempre he pensado que para un turista solitario no hay mejor sitio de conversación que la barra de un botiquín; es el lugar propicio para iniciar y mantener una conversación. Aparte de reparar en los estragos de la ingesta alcohólica del vecino, comprendí que sus mensajes visuales indicaban la necedad de platicar con alguien. Aproveche la oportunidad y al cabo de un tiempo estaba contándome una historia fascinante. En verdad, después de escucharla entendí la razón de su estado de ánimo. Dijo llamarse Grigori Banjac, nacido en la antigua Yugoslavia, hoy desaparecida, en un pueblo situado al sur de Serbia. Después vislumbré, por lo peligroso de la información contenida en el relato, que aquel no debió ser su nombre verdadero. El serbio, algo beodo, mostraba signos de un malestar interno hendiéndole el órgano donde se almacenan los recuerdos. Luego de escucharlo comprendí la razón.
En un pueblo alejado del mundo en la extinta Yugoslavia, según comenzó el relato, tres niños fueron testigos presenciales de la aparición de una virgen en un paraje del cual brotaba agua cristalina de un manantial. A partir de la noticia se hicieron las investigaciones de rigor por parte de los obispos, arzobispos y enviados del Vaticano. Por fin concluyeron que, en efecto, tal presencia era consecuencia de un milagro y por lo tanto, La Santísima Madre de nuevo se mostró a los pequeños en un lugar ignoto, con el fin entregar un nuevo mensaje de su Hijo en un mundo de pecadores. La primera solicitud de la aparecida fue la construcción de una capilla, un templo donde reverenciar a la madre del Hijo de Dios. A partir de ese momento llegaron las donaciones; el paraje de la fuente y el pueblo se convirtieron en sitio de peregrinación. Una morralla de rencos con muletas, paralíticos en sillas de ruedas, tuberculosos, sidosos, llagosos, ciegos, sordos, contrahechos, niños y niñas deformes, cancerosos y todos aquellos con enfermedades incurables llegaban caminado, otros arrodillados, con muletas, en sillas de ruedas, arrastrándose, en busca de la milagrosa agua de manantial. Este líquido bendito se convertiría en la futura cura de sus padecimientos. Primero llegaron los habitantes de las poblaciones próximas al hontanar y luego, visitantes de todas partes del mundo. Aquello fue un verdadero pandemonio de gente, unos por curiosidad y otros, buscando en aquel líquido prodigioso el remedio que la ciencia no encontraba. Los tres niños se convirtieron en el centro de atención de millones de gente quienes venían a ver los prodigios de la virgen y en busca de la sanación de un mal incurable. Todos los peregrinos al lugar milagroso miraban con asombro cuando los infantes extasiados, casi en estado cataléptico, miraban hacia el sitio de la aparición. Este fenómeno astral se producía dos domingos al mes. Lo primero que se hizo fue construir una hermosa capilla votiva para conmemorar aquel sagrado momento. Fue tal el volumen de personas trasladándose hacia aquel pueblo, anteriormente ignorado, que fue necesario crear una empresa turística, construir posadas, hoteles y hasta un banco para cambiar las divisas traídas por los ávidos marianos extranjeros. Evidentemente, los dueños de aquella empresa turística, albergues y entes financieros fueron los curas franciscanos, los propiciadores de toda esta barahúnda. La cantidad de divisas ingresadas a la entidad bancaria de ese apartado lugar de la extinta Yugoslavia, fue de tal magnitud, que aquella se convirtió en una de la más poderosa de la región. Finalmente, Gregori confesó abatido, con un sabor agrio en la boca: “yo fui uno de los tres niños prestado para tamaña infamia. El cura nos enseñó como debíamos mirar como hechizados hacia el manantial”. El párroco del pueblo, según el relato, conversó con los padres de los tres niños y les propuso aquel fraude. A cambio de la mentira les darían a los chicos patrañeros una beca en el colegio. De esta manera tenían asegurado la comida y la educación de los pobre infantes cuyos progenitores carecían de medios económicos para salvaguardar la familia. Los embusteros lograron sostener la mentira por muchos años, Banjac pensaba estar haciendo lo correcto, con esto ayudaba a preservar al amor de sus congéneres hacia la Madre de Cristo y a mejorar la calidad de vida de sus coterráneos. “En un momento pensé que muchos años de espera era mejor que nada, para conseguir la gloria eterna”. Fueron sus palabras. Hizo su papel de ungido de la Virgen por muchas décadas, hasta la llegada de la guerra fratricida la cual culminó con el fraccionamiento de Yugoslavia. Gregori huyó de aquello, mas por temor a Dios que a las balas y más nunca regresó a su pueblo. En verdad, no debía ser fácil para un hombre vivir con tanto pesar a cuesta. Cuando iba a decirme el nombre de la la virgen y el del pueblo, se quedó dormido sobre la barra del bar dada la prolífica ingesta alcohólica. Me levanté de mi asiento y dejé aquel cultor de Baco con sus consternaciones atormentantes.
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