En el Guaraira Repano (cuento)

               EN EL GUARAIRA REPANO                     

Los Palmeros de Chacao tienen la certeza de conocer al dedillo el Guaraira Repano, la montaña sagrada para aborígenes que vivieron, en tiempos pasado, en el valle de Caracas. Por lo general, la grandiosa y espectacular montaña protectora no ofrece ninguna sorpresa más allá de una hermosa ave multicolor, un escarabajo gigante, un rabipelao escondido, un cachicamo enterrado, un sinuosa serpiente, numerosas hierbas, uno que otro árbol frutal, una  extraña flor o una rama desconocida, casi siempre tópicos vinculados con la flora y la fauna del lugar. Tal reflexión la hacía mi amigo Ramiro, uno de los veteranos que me acompañó al cerro en labores de limpieza. Debíamos recoger la basura dejada por excursionistas irresponsables, quienes lanzan todo tipo de suciedad hacia los mogotes y pajonales.

Siempre pensé, tal como nos acostumbraron desde niño, que los escenarios misteriosos ocurren de noche, cuando las tinieblas y la oscuridad suelen ocultar situaciones imposibles de explicar mediante la razón. El caso que narraré sucedió en pleno día, cuando un Sol incandescente iluminaba bellamente la hermosa montaña. 

    Ramiro y yo nos encontrábamos en nuestra jornada de limpieza entre la Cueva de los Palmeros y  Noteapure, en espera de llevar la bolsa de desperdicios hacia el cortafuego por donde pasa el camión a recoger la basura. Estábamos fatigados de la jornada y nos sentamos a descansar un rato en un recodo. De repente, observamos un señor bajando por la caminera hacia nosotros. En un principio no le dimos importancia, pensamos en un excursionista asiduo al lugar. Pero en la medida que se aproximaba comencé a detallarlo: un señor de unos setenta y tantos años, moreno de rostro adusto, vistiendo un traje blanco impecable, un sombrero pelo e´guama y lo más extraño, su calzado no eran tenis, ni de montaña, eran zapatos negros de charol de un lustro inexplicable. Pero el estupor no acabó allí, Ramiro y yo observamos cuando el setentón se nos acercó cargando en cada mano un pocillo humeante y no convidó con palabras amables:

   – Como están cansado tómense este té, les ayudará a recuperarse.

  Aceptamos la invitación y en verdad, en la medida que bebíamos el té descubrimos sus propiedades vigorizantes. Conversamos amenamente con el extraño, sin hacerle ninguna pregunta sobre su origen ni su destino, supusimos que era hacia Noteapure, dado que el camino conduce únicamente  hacia ese lugar.

   Cuando el extraño se alejó fue cuando Ramiro y yo nos formulamos varias interrogantes: ¿De dónde venía este ermitaño? Si por toda esta zona no existía algún campamento ¿cómo y dónde preparó el té nutritivo? ¿Cómo podía permanecer impecablemente vestido de blanco y con los zapatos limpios, subiendo y bajando cerro? ¿Quién era ese señor?

   Evidentemente Ramiro y yo no obtuvimos respuesta  a nuestras preguntas y luego de finalizar la jornada, recuperados con el bebedizo, descendimos  por el único camino tratando, sin encontrarla,  una explicación a lo sucedido.

   Algunas veces las sorpresas son como los eslabones de una cadena, vienen uno detrás del otro. Cuando llegamos a Noteapure,  al sitio de reunión con nuestros compañeros palmeros preguntamos por el setentón y le dimos las características morfológicas del extraño y le referimos   la singular vestimenta. No cabía duda, debió bajar por el único sendero, dado que no existen trochas ni atajos para llegar al sitio de encuentro.   El asombro fue mayor cuando los otros palmeros nos informaron que nadie con esas características anatómicas descendió de la montaña. Ramiro y yo juzgamos lo imposible de esta situación, ésta era la única vía para llegar a este lugar; alguien debió tropezarse con él. Mi compañero preguntó si algo extraño había sucedido ese día, nos negábamos a pensar que el viejo se hubiese difuminado en la montaña sin explicación alguna. Sólo uno de los viejos palmeros versado se fijó en algo infrecuente, poco común, en el Guaraira Repano.

    – Recién vi un señor moreno con las mismas características referidas por ustedes. Vestía traje blanco impecable y cargaba un sombrero pelo e´guama. No calzaba zapatos porque carecía de piernas, lo conducía un moreno fortachón en una silla de ruedas.

   La cara de Ramiro era la de un estupor indescriptible y la mía, supuse, debió mostrar una exagerada estupefacción.  

    

 

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