¡Ah mono cobarde! Cuento

¡AH  MONO COBARDE!

  

Cierto día estaba el rey de la selva recorriendo sus dominios, marcándolos con  sus rugidos estentóreos.  Aspiraba, que ninguna duda abrigara a los otros animales que por allí pululaban, sobre la majestad y fiereza del soberano; la melena hirsuta, junto a los dientes afilados, atemorizaban a sus súbditos. Las grandes garras que acompañaba su  poderosa musculatura, el  caminar felino y su gran ferocidad alertaban a los otros a cerca de quien ejercía el dominio sobre esas tierras salvajes. Quién iba imaginar, para mala suerte del rey, que en el recorrido, al recostarse de  un arbusto que largaba sus espinas, se le incrustó un aguijón en uno de los costados de su enorme animalidad. Dura fue la lucha para tratar de desalojar de su piel este agente extraño que le producía malestar y un gran dolor. Manifestaba su padecer con resonantes rugidos, los cuales atemorizaban a los animales de los alrededores, pero todo intento fue en vano, no podía  extraer el objeto punzante que le laceraba su hermosa piel.

   Una ardilla, encaramada sobre  un árbol, cerca de una mata de bananos de la que colgaba un hermoso racimo, estaba contemplando todos los intentos fallidos del rey de la selva para quitarse el agente punzante. Escuchaba, no sin temor, los bramidos de dolor que salían por las fauces de su rey. Se acercó un poco, manteniendo una distancia prudencial para preservar de esta manera su diminuta existencia. Se compadeció del amo de la selva y le gritó:

– Poderoso rey, veo que estás sufriendo. ¿En que puedo ayudarte?

El amo de la selva, levantó la vista para observar quién de sus súbditos estaba contemplando su sufrimiento. Sintió su orgullo herido al notar que una minúscula ardilla podía ayudarlo, pero era tal su padecimiento  que no tuvo otra alternativa que explicarle lo que estaba ocurriendo y le pidió que  extrajera la espina que desde hacía rato lo estaba atormentando.

   La ardilla, temerosa de la fama y la ferocidad del amo de la selva, prometió ayudarlo pero con ciertas condiciones, ya que ella no quería ser parte de su dieta. El rey, a manera de suplica, le aseguró:

– Hermana ardilla, te doy la plena seguridad de que si  me ayudas, tú y toda tu familia estarán bajo mi protección, mientras yo reine en estas tierras, por lo tanto, acepto el trato que me propongas. 

   Muy cerca de la ardilla y del rey de la selva se encontraba un mono tití que miraba con devoción el racimo de bananos que colgaba en las proximidades del sitio de los acontecimientos. Se detuvo durante un rato y se puso a contemplar el sufrimiento de su amo y por lo tanto escuchó la conversación entre el gigante feroz y el diminuto animal. La Ardilla, le dijo al rey que ella no bajaría a quitarle la espina, pero que le pediría ayuda al hermano tití para liberar a su amo del sufrimiento. Ella no se confiaba del furioso animal.

   El diminuto mono se sintió sorprendido ante las palabras de la ardilla, pues ¿Cómo podría  un ser tan insignificante como él  acercársele a ese animal tan fiero? La ardilla, observó que el monito estaba aterido de miedo y trató de convencerlo.

– No te preocupes hermano mono; yo manejaré esta situación.

   Una vez segura de la situación, le gritó al rey de la selva desde su atalaya:

– Poderoso rey para  poder ayudarte  tienes que dejarte amarrar las patas delanteras –. Le informó que, quien iba a realizar ese trabajo era el diminuto mono.

   La ardilla, conocedora de la preferencia de los monos por los bananos, tuvo que ofrecerle algo al tití, a cambio de la peligrosa misión que le estaban encomendando. Quizás, por el hambre o por  glotonería el macaco se decidió a arrostrar el peligro, a cambio del premio ofrecido.

   El tití, al escuchar a la ardilla, no dejó de mostrar su tormento y miró con horror a la enormidad del animal, al cual tenía que amarrarle las patas delanteras; tampoco dejaba de ver los suculentos bananos que podía divisar muy cerca del león.  La ardilla, con un gran poder de convencimiento, hizo su mejor trabajo y cuando menos se dio cuenta el monito, como hipnotizado, trajo un bejuco para realizar lo que se le pedía. No sin demostrar el pavor que le tenía al rey, quien de una manera, como exánime y sumiso se dejaba inutilizar sus patas delanteras. A cambio de su trabajo, la ardilla le lanzó al mono el primer banano, el cual se lo comió con gran placer.

   El rey de la selva con sus patas delanteras atadas le gritó a la ardilla que ahora, por favor, bajara y le quitara la atormentadora espina, pero el monito le hizo señas al diminuto animal sobre el peligro que podría correr con las poderosas patas traseras del amo. La ardilla comprendió la sugerencia de  su interlocutor y le pidió al león que también debía dejarse atar las patas posteriores, consejo que éste aceptó mansamente.

   El monito corrió de nuevo a la selva, trajo un bejuco y, no sin temor, le amarró las patas traseras de su temido rey. A cambio de ello recibió su codiciado premio. Cuando ya prácticamente estaba inutilizado el poderoso animal, le pidió a la ardilla que cumpliera con la labor, pero el monito de inmediato le mostró a la ardilla las grandes fauces que mantenía abierta el amo, lo que podía convertirlos, a la ardilla y al mono, en platos de degustación del amo de la selva. El león comprendió lo que se proponía el mono y le gritó:

 – Está bien hermano mono, yo cerraré mi boca para que  la amarres; así no correrán peligro ni tú, ni la ardilla. 

   El monito corrió a la profundidad de la selva y al rato se apareció con un bejuco para amarrarle la boca y de esta manera inutilizar al poderoso animal. Una vez finalizada su tarea se sintió feliz de haber realizado tal proeza; a cambio de lo peligroso del trabajo le sugirió a la ardilla que le lanzara dos bananos. El animalito los devoró con gran gusto; debió ser que el miedo le abrió el apetito. Algunas veces, más puede el hambre que el temor.   El león, al verse impedido de realizar cualquier acto de agresión y ferocidad contempló a la ardilla, con sus ojos le pedía a la ardilla, con mirada suplicante, que por favor cumpliera con su palabra. Ante tal demostración de humildad, la ardilla le ordenó al monito, que por favor, le arrancara la espina de la piel al amo de la selva  que tanto sufrimiento le causaba. El monito obedeció a la ardilla y le arrancó el objeto punzante que le laceraba la piel al rey de la selva, quien al sentirse aliviado dejó escapar un profundo suspiro que salió con dificultad de las rendijas de sus fauces amarradas.

   Finalizada esta primera parte de la operación, el rey de la selva observó a la ardilla que miraba toda lo ocurrido desde su atalaya. Los ojos de la ardilla recibieron el mensaje, por medio del cual el poderoso rey le farfullaba que por favor lo soltara. El león, sentía su honor y su majestad mancillada, al verse impedido de caminar y de rugir. De esta manera, ratificarles a los demás animales de la selva que él seguía siendo el amo de estos parajes.  

  La ardilla le ordenó al monito que desatara al rey de la selva a cambio de los bananos que quedaban en el racimo, algo que lo complació de sobre manera. El mono saltaba de alegría al ver que él sólo había inutilizado al animal más poderoso de la selva. Le dio lástima que únicamente la ardilla fuera testigo de su  hazaña. Miraba con duda si realizaba lo que le pedía la ardilla, pero tal era su interés por la comida,  el don de mando y persuasión que tenía ella, que entre brinco y salto el monito liberó de todas las ataduras al rey de la selva y corrió a ponerse a buen resguardo del gran depredador.

   El rey, se paró con gran elegancia y gran satisfacción, al verse liberado de la espina y de sus ataduras. Miró a la ardilla y le dio las gracias por lo realizado, ratificándole la protección de ella y de su familia. Comenzó a caminar alardeando de su majestad y su fiereza. Dirigió su mirada hacia la rama en la que se encontraba el monito devorando su premio, lo miró con desdén y le gritó:

  ¡Ah mono cobarde!

  Emitió un rugido y se retiró con un caminar mayestático haciendo alarde de su ferocidad.     

 

 

 

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